MEDIODÍA EN EL PUERTO

Cristo repta de nalgas por la calle Hidalgo. No aparece por ningún lado un San Martín Caballero que le regale un pedazo de su capa. Ya no está de moda la compasión ni la gratitud. Hoy rifa el insulto, la humillación, la obscenidad de la violencia. ¿Habrá quien le regale una silla de ruedas al Señor?. Podría ser Jesús El Cristo.

El vendedor de donas y panochas espanta las moscas del mediodía. No tiene seguridad social; nunca tendrá una pensión de jubilación, la vida se le escapará por el hoyo de una dona.

Lupita de la Colonia Klein, hace recuento de lo no vendido al mediodía. Ha sido un mal día de ventas. Búsquela, se pone a un lado de “Cuidado con el Perro”.

El vendedor de camarones secos, jura que son de la marismas salobres de Escuinapa. De ahí mismo donde atarrayaba el “Güilo Mentiras”. ¿Usted le cree?.

Isidro, “El Ciego” (Invidente, es lo políticamente correcto) que vende periódicos y suaves de coco en La Panamá de Catedral, sueña, sueña. Yo lo vi llorar en una banca de La Machado: su compañera murió de un infarto al mediodía, cuando compartían la comida. Se quedó con la Coca-Cola en la mano y el corazón destrozado.

Doña Rosa y el Pichón. La vi defender con garras y cazuelas su puesto de tacos cuando un ex-alcalde de triste y etílica memoria intentó desalojarla. Ahí sigue imperturbable y eterna. Como la puerta de Alcalá. Es nuestra “Tlacualera” urbana.

El señor es Pintor, no puede negar su oficio de “Maistro” de la Brocha Gorda. No Termina una chamba cuando ya se arregla para otra. El mismo parece un detalle del pintor Jackson Pollock que también chorreaba pintura, pero ganaba millones.

En la esquina más ruidosa del puerto, vende calcetas y calcetines; pero entre gritos y bocinazos, ella absorta en la lectura de su novela. Su mente vaga, lejos del cruce de Serdán y Melchor Ocampo, va por el mundo y sus confines. Nada de calcetines.

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