LA ABEJA DE ENERO

En mi casa tengo un traspatio, que es particular, cuando llueve se moja como los demás. Ahí recala una fauna diversa, de los que vuelan, reptan o saltan. Después de las lluvias se asoman por los maceteros dos o tres sapitos pintos que apenas ayer eran renacuajos, también toca ver una joven (a veces dos) y ágil iguanita; ambos, anfibios y reptiles, desaparecen misteriosamente. Los constantes son los plumíferos: chanates abrileños y gorriones, compartían las croquetas con el Dalí; colibríes, timbiriches, mariposas, colorines y abejas. Un visitante nuevo fue el Cenzontle norteño, que en un santiamén devoró los chiltepines rojos de una solitaria planta chilera, lo hacía goloso y con evidente gozo, ingería vitamina “C” y además le sirve para eliminar parásitos. Sabiduría pajarera del mejor cantor del bosque.

Pero a lo que voy es a la reciente visita de una abeja, gorda y vieja, quizá ya en sus últimas faenas como recolectora de néctar y polen. Llegó a las once de la mañana, de este sol tibio de enero; seguro venía del bosquecillo que aún sobrevive en las fronteras de la Marina del Sábalo o más allá, de la Reserva Natural de Paco Farriols, por allí debe tener su panal. La única flor disponible en toda la jardinería del patio, es la de una hermosa Anturia (en griego quiere decir “flor con cola”), planta tropical peligrosamente bella y tóxica, por contener en hojas y tallo, microscópicos cristales de Oxalato de Calcio.

Nuestra obrera mielera, se posó en el bastón de la inflorescencia, formada por decenas de florecillas, acunadas y protegidas por una hoja modificada en rojo; hizo una evaluación rápida del botín y con maestría profesional empezó un raspado meticuloso y zumbante, recolectando polen y propóleo de cada una de las diminutas flores de la Anturia; terminada su labor minera, con las alforjas llenas del tesoro obtenido, despegó agradecida, haciendo una reverencia volátil. La Abeja de enero.

Con sus maravillosos ojos compuestos tanteó la superficie del tesoro.

Inició su labor de minería, con técnica profesional raspó de arriba-bajo el bastón de la inflorescencia, cada puntito blanco es un flor, recogiendo la cosecha de polen.

Concluida su faena minera y con las alforjas repletas del tesoro, despega, hace una reverencia agradecida y vuela a su colmena.

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UNA DE LOBOS MARINOS

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EN LA COLA DEL PREDIAL