El Che Guevara nunca conoció a mi papá.
Cuando imagino a mi papá en otros universos o en otras historias, lo veo como el mago Merlín, un sabio ermitaño rodeado de libros, o como el profesor Dumbledore, empeñado en usar su sabiduría por el bien de todos. La gran diferencia entre ellos es que mi papá carece de varita mágica; él, en su lugar, posee el poder de las palabras.
Pienso que si el Che Guevara hubiera conocido a mi papá, jamás habría sentenciado que: las palabras no cuentan si no están respaldadas por actos. Pues recorrer los textos y reencontrarme con los cuentos de mi papá a lo largo de todos estos años, he descubierto que la palabra adquiere un valor incalculable cuando viene de alguien que te invita a soñar.
Al igual que esos grandes magos y revolucionarios. Mi papá me enseñó a leer el mundo. Me demostró que la palabra, cuando nace del amor, la empatía y la justicia , se convierte en la herramienta más poderosa para transformarlo todo.
Es una lástima que el Che y mi papá no se hubiesen conocido. Me los imagino perfecto compartiendo un café sin azúcar en la madrugada, teniendo debates eternos sobre ciencia, biología y medicina, o planeando estrategias de organización ciudadana. En fin... estoy segura de que al Che le hubiera encantado ser lector de La Cuartilla.
En este día del Padre, un abrazo a las paternidades que eligieron paternar desde el amor y sobre todo, desde la revolución, como mi papá el profesor y escritor Gildardo Izaguirre.
Mi papá y yo persiguiendo arcoíris 1996
Retrato por la fotografa Karla Holler. En la foto: mi papá y yo. (2026)

