VIERNES EN LA PLAYA
Seis treinta de la mañana, ya se anuncia lo amanecido en el puerto; el provedor de la cocina del hotel, en uno de las accesos a la Playa, descargaba la mercancía: un racimo enorme de cebolla rabona, un mazo grande de cilantro, lo sacudió y nos inundó el olor a tierra mojada. Siguió, checaba la lista del mandado y bajaba la mercancía; hace unos día, en otra mañana neblinosa, descargaban el pan recién horneado, lo depositaba en una bandeja enmantelada que estaba justo al estirón de mano, en eso le habla el guardia, se descuida y cojo una “negrita” todavía caliente. Robo perfecto, mejor que el de los roba joyas del Louvre.
Hoy, este viernes 13 de febrero, la marea sigue alta, la cofradía de caminantes playeros todavía no llegan o ya se fueron. Una pareja, en sendas sillas, dialogan con vehemencia. Vasos de café Andati; deben ser Madre e Hijo, deliberan sobre algún problema familiar, quizá el padre que pidió el divorcio, un hermano adicto…No se, pero la señora habla y el hijo mira al mar y afirma con la cabeza. Cerca de ellos, una gaviotas chillonas buscan sobras, cada una por turno, picotean el cadáver de un diminuto pez globo erizo y se retiran asustadas, cómerselo es muerte segura en menos de 20 minutos, la tetradotoxina que cargan en hígado, piel y vísceras es mortal, también para los humanos.
Pasa un pescador de ostión de piedra, enjuto, desnalgado, cabello quemado por el sol; lleva su llanta negra flotadora y la barra para desprender el ostión. Mira tambien a las gaviotas, me mira: “No son pendejas, las degraciadas. No se le comen… Es veneno”. Sigue rumbo a la punta rocosa, donde golpean las olas, más al fondo se pegan los codiciados bivalvos, los mejores del pacífico.
En ese punta de roquedales, una dama solitaria, que peina lo otoñal, se toma selfíes. Enamorada de su propio cuerpo: posa de frente, de perfil, levanta los glúteos. No se cambia por la Venus de Milo. Quizá sean para su ex..Nomás para que le de coraje. Hoy es viernes y no es un día perfecto para pescar el pez plátano; el elusivo y postraumático Salinger, seguirá vigilando el Centeno y el joven Seymour Glass no se suicidará este día. Es viernes ya comenzó el carnaval de Mazatlán.
Una pareja, madre e hijo, platican animadamente, desenredan algún nudo conflictivo. La playa también sirve para eso.
Un pez globo difunto. Las gaviotas le dan un picotazo y huyen despavoridas. Es veneno puro.
El pesado pero libre oficio del pescador de ostión de Piedra. La mayoría son flacos y cabellos tostados por el sol: “No son’endejas, las desgraciadas. Es veneno”. Dice al pasar, cuando los dos vemos a las gaviotas huir del pez globo muerto.
Selfies mañaneras. La dama solitaria se remanga el “Short” para lucir el tatuaje.
Una joven mujer ayuda a su pareja a subir la breve escollera que termina en una pérgola muy deteriorada; ahí pica el pez paleta, pero no el pez plátano.
El sol ya pega en la punta rocosa y a lo lejos se divisa un torre hotelera. Es hora de marchar.

