EL DESCUIDADO RAPTO DE JELIPE O CUANDO LAS ÁGUILAS SABEN CONTAR Por Jaime Renán (del portal La Utopía del Gato)
La mañana del jueves santo, después de desayunar, agarramos un bonche de galletas de animalitos y agua para el camino, y marcamos rumbo pal otro lado, hacia el mar alto. No llevábamos prisa así que avanzamos hacia el sur por la ruta más larga pero más plana, evitando subir los médanos, y luego seguimos al oeste por un buen rato, hasta que encontramos los manchones de arena húmeda y apretada. El olor a sal y la brisa ligera acariciándonos la cara nos avisaban de la proximidad de la playa. Al fondo se miraba el Farallón para hacernos sentir aún más insignificantes ante el derroche de belleza del paisaje…
Imagínate que eres apenas un plebe y esperas todo el año para navegar cada Semana Santa, en un barco camaronero, hacia una isla de arena frente al Golfo de California y te pasas unas vacaciones inolvidables. Sin aire acondicionado, ni electricidad, ni cama, ni muebles, ni un triste excusado. Qué celular ni que ocho cuartos, ni te preocupas por andarte tomando selfies. El paraíso. Solo tienes que acomedirte a armar el campamento al desembarcar, las tiendas que sean necesarias. Después tienes que ir, todos los días, a traer leña del manglar que se ubica poco más allá del campamento principal, y a traer agua para beber. Si no hay tareas pendientes, ¡hilo papalote! A disfrutar del mar, la arena y el sol, hasta que el hambre te traiga de regreso a la tienda multicolor. Y otra vez a la vagancia; a pescar, sacar almejas, mirar a las morritas, robar huevitos de gaviota, caminar, trepar por las dunas, mirar el cielo estrellado, cantar alrededor de las lumbradas.
La isla es muy larga, forma una comba desde el islote en la punta sur, plagado de nidos de gaviotas, y se curva hacia el poniente, donde protege a la bahía del Colorado. El lado interno de la isla tiene un mar tranquilo que conecta una telaraña de esteros y canales escoltados por manglares. Hacia adentro sopla el viento que arremanga los granos de arena desde la playa de olas altas para formar los médanos, señoriales y apacibles. Los campamentos se establecen por el lado interior, donde no hay oleaje, y los barcos se fondean enfrente para proveer de agua y otros menesteres a los vacacionistas.
Ese jueves santo, el día del rapto, el agua estaba un poco fría en el mar alto, pero eso no fue obstáculo para disfrutar de sus olas y para escarbar en la arena, buscando almejitas blancas para comer con arroz.
-Ahora si llegamos hasta la torre-, lanzó el reto uno de mis primos, señalando con el brazo extendido en dirección hacia el norte. Seguimos con la vista la línea que la espuma formaba en la arena y, después de arrugar la frente y apuñar los ojos, pudimos distinguir la silueta borrosa de la baliza, que a esa distancia parecía una maqueta armada de palillos de madera.
-Culo de perro el que llegue al último- gritó otro de los plebes, pegando la carrera hacia la torre, mientras recogía sus chanclas y su camiseta.
Los más viejos no corrimos, ya sabíamos que aunque llegaras de último, no se te transformaría el culo de humano en un culo de perro, además, estaba demasiado lejos la meta para sostener un esfuerzo tan grande, a esas horas del día y con el sol amenazante. Pero de todas maneras caminamos con entusiasmo hacia la torre.
Ese año la parte más alta de la baliza estaba coronada con un flamante nido de águila pescadora, dejando apenas espacio para el enorme foco, que se asomaba tímido entre las ramas de chamizo y riñonina. Subimos en fila india por la escala marinera y, al llegar a la cima, rodeamos al nido hipnotizados por los polluelos que bostezaban y estiraban sus alas semiemplumadas, mientras emitían agudos graznidos casi imperceptibles.
Tratamos de aguzar nuestros oídos apuntando las orejas hacia el nido pues los sonidos eran difíciles de captar, casi chocábamos las cabezas tratando de escuchar a los incómodos volantones, pero sorpresivamente los graznidos se escucharon cada más fuerte y desde otra dirección; volteamos hacia el rumbo del Maviri solo para mirar a la madre de los polluelos que volaba a toda velocidad hacia nosotros.
Si nos dio mucho miedo, hay que reconocerlo. Bajamos muy rápido, al estilo bombero, mientras los gañidos se escuchaban cada vez más cercanos. Corrimos a toda velocidad para alejarnos de la torre, pensando que la rapaz ofendida solo quería alejarnos de sus hijitos, pero luego de hacer un rápido reconocimiento sobre el nido se lanzó contra nosotros emitiendo una serie de graznidos tan desgarradores que los percibimos como una seria amenaza, -según comentaríamos más tarde-. Tratamos de alejarnos más de la torre, corriendo a la máxima velocidad, creyendo que mientras más alejados más a salvo estaríamos de la madre indignada.
Volteábamos con la esperanza de dejarla muy atrás pero, por el contrario, se lanzó en picada contra el grupo de chamacos asustados, mientras nos lanzaba sus gritos de ira como dardos envenenados. Nos tiramos pecho a tierra para evitar que nos lastimara con sus garras o filoso pico, y nos pasó zumbando tan encimita de las cabezas que sentimos el aire que provocaba con sus alas y su cuerpo en formación de ataque.
- Pinche águila porqué sigue persiguiéndonos si ya estamos lejos de la torre? Gritó alguien desconcertado. Y la respuesta llegó enseguida, dejándonos fríos del miedo:
Me traje un pollo, contestó uno de mis primos o mi hermano Cecilio, perdonen la desmemoria, no alcanzo a recordar bien, mientras nos mostraba al simpático polluelo que parecía gozar con la corretiza que nos propinaba su encabronada madre.
Ahora si el terror se apoderó de los intrépidos exploradores que animábamos a los más pequeños para que corrieran más rápido y, luego de un tramo avanzado, nos tirábamos de nuevo pecho a tierra para que el águila no alcanzara a herirnos. Nos levantábamos y corríamos otro trecho mientras el águila formaba un círculo en el aire para atacarnos por la retaguardia como misil de plumas, garras e instinto maternal. Correr un poco y tumbarse, correr otro poco y tumbarse, correr un poco más con el corazón saliéndonos por la boca y tumbarse otra vez sobre la arena húmeda y rasposa.
Después de varios kilómetros de persecución el ave se alejó resignada, lanzando sus graznidos de dolor e impotencia, mientras regresaba a la torre a cuidar de sus otros polluelos. Alguno de los chamacos sollozaba de alivio por la tremenda experiencia vivida. En medio de la consternación alguien preguntó:
¿Las águilas saben contar? ¿Cómo sabía que faltaba uno de los pollos?- redondeó su sesuda pregunta.
La respuesta fue el reproche que todos nos guardábamos:
¿Porqué chingados te robaste el pollo?-
Seguimos caminando hacia el campamento, cansados y agradecidos pero preocupados, camelando…¿y ahora qué vamos a hacer con un pollo de águila pescadora?
Al llegar al campamento y contarles nuestra absurda aventura, los adultos se amontonaban para regañarnos y preguntarnos lo que no tenía respuesta:
- ¿Qué van a hacer con el polluelo?
Regrésenlo a su madre decían otros, con muy buenas intenciones.
¿Quién va a ser el valiente que lo lleve de regreso? Opinó uno de los más listos.
Si serán pendejos- agregó otro, sin proponer nada pero aprovechando para pendejearnos.
Así estaban de caldeados los ánimos cuando Efraín, esposo de mi prima Lourdes, mesándose la barba de Carlos V, dijo con gran aplomo, enmedio de la tienda de campaña:
Nosotros lo vamos a criar, nosotros lo queremos-, dijo como si hablara de un periquito o de una hermosa calandria.
Lo primero que hicieron los padres adoptivos, junto con su hijo Fabio, fue bautizar al pollo secuestrado con el nombre de Jelipe. Jelipe se volvió famoso en el barrio y le fue muy bien con su familia homínida; lo alimentaban diariamente con pescado, le construyeron una percha de madera en el portal de la casa desde donde miraba la bahía en toda su magnificencia.
El Fabio iba diariamente al embarcadero a conseguir lisas para Jelipe, así como ahora van los plebes a la petshop o al super a comprar croquetas pal gato. No parecía complicado criar a un jovenzuelo rapaz, el único inconveniente era que cuando zurraba salpicaba generosamente la pared de manera que la Lourdes y el Fabio tenían que limpiar, aguantándose el asco por el olor a pescado podrido, antes de que se secara la mierda en la pared.
Jelipe creció sin extrañar a su familia, agarró fuerzas paulatinamente y diario ensayaba breves vuelos desde el portal de la casa hacia el muelle de la standard. Al rato ya conocía todo el caserío pero siempre regresaba por la comida que le tenía segura su familia adoptiva. Igual que los plebes secuestradores que aprendieron a fumar, jugar al billar, noviar, faltar a clases y todas esas cosas que implica crecer, el águila maduraba en su mundo aéreo.
Cuando llegó el momento abandonó la percha del portal y se mudo al árbol de la tía Chepi; el pollo adolescente ya no regresaría al seno familiar. Desde ese árbol emprendía sus correrías y cada vez volaba más lejos y ni siquiera a comer regresaba a casa; Jelipe ya era autosuficiente. Por lo menos ya no tenían que limpiar las obras de arte que ripiaba contra la pared.
Así es el ciclo vital, qué le vamos a hacer. Un día, a principios de enero, se desperezó en la rama que usaba de percha y emprendió el vuelo para siempre. De vez en cuando un águila pescadora pasaba cerca de la casa, tal vez era Jelipe o tal vez no, pero no tenemos dudas de que sigue siendo muy feliz, donde quiera que se encuentre.
La pandilla que se robó el polluelo de Águila Pescadora.
El nido con los pollos de Águila Pescadora. ¿Las Águilas saben contar?.

