EL CALDO DE CHIHUILI : ¿AFRODISÍACO?
Hace muchos años residimos en el campo pesquero “Las Arenitas”, un racimo de casas que se agarraban con las uñas a las orillas de la Ensenada del Pabellón, por el rumbo de ElDorado, hoy flamante Municipio; se trabajaba por la comida y por la oportunidad histórica de organizar al proletariado del mar para la próxima revolución; como biólogos montamos un cultivo artesanal de ostión de mangle (que al final nos expropió el propio proletariado), enseñábamos a leer y también a interpretar las engorrosos párrafos de la Ley General de Sociedades Cooperativas.
El campamento lo teníamos en casa de Doña Bertha, justo en el atracadero de las pangas, a la sombra de una inusitada y añosa ceiba, qué quien sabe como fue a dar y germinar en esa orilla marismeña. El asunto con los pescadores marchó bien, se sacudieron a un grupo de explotadores que regenteaban la cooperativa y ellos mismos pasaron a dirigirla; lo del cultivo, como ya dijimos, uno de los compañeros proletarios arrimó una panga, encostaló los bivalvos y salió por el rumbo de Las Puentes y los vendió en las carretas marisqueras de Culiacán. Nunca lo volvimos a ver; aunque tuvo la delicadeza de enviarme una postal desde Tijuana y jurarme que regresaría y nos pagaría en dólares la producción.
Pero lo que quiero contarles es lo que aprendimos a comer en la cocina de Doña Bertha: tortilla de huevas de lisa, oreadas y mosqueadas; sopa de holánes de callo de hacha y un misterioso caldo de Chihuili. Este último no se podía comer seguido sino se tenía mujer a la mano y lo tenía prohibido a las solteras.
El Chihuili, que en otras partes le dicen Cuetete, para los biólogos se llama Galeichthys caerulescens, la cosa es que cuando le avisábamos a Doña Bertha que recalaríamos a nuestras casas, ese misma noche preparaba el caldo, entre otros condimentos, le agregaba una hierba que después supe le decían “Mano santa”, lo ponía a serenar en un zarzo, debajo de la Ceiba; por la mañana lo recalentaba y nos servía un caldo humeante, y nada de echarle limón.
--”Con eso, ya verás…como canilla de difunto; es el caldo que Noe le preparaba a su gente de la mentada Arca, Dios los escogió para que tuvieran crías y repoblaran el mundo después del diluvio y pues se la tenían que pasar en ese negocio. Veme a mí, siempre risueña”.
Vaya usted a saber de esas propiedades afrodisiacas del caldo de chihuili, pero era parte de la rica cocina de los campos pesquero de Sinaloa, en los cuales, los pescadores salen a marea y de regreso reparten: que las mojarritas para la comadre, lisas para la vecina; una palometa para que le hagan un caldo a Don Tulio que está enfermo…Así era antes. Una conveniencia sin paredes; solidaridad al aire libre; no sé si todavía.
En las orillas de los esteros se daban por miles unas almejitas rayadas del tamaño de una nuez, que preparadas con arroz y trocitos de pescado, no le pedían nada a las famosas paellas; las lisas empapeladas en bolsas de maseca, las Patas de Mula en ceviche o tatemadas en las brazas de la hornilla. En aquellos tiempos, en los campos pesqueros que frecuentaba, nunca miré un chamaco panzón y lombriciento, consumían la mejor proteína del mar. Mucho hay que agradecer a las mujeres y hombres de los campos pesqueros que contribuyen, sin que los tomen en cuenta, en los altos indices de nutrición de la población costera local.
En fin, El Caldo de Chihuili.
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NOTA INVITADORA.
Haga espacio el miércoles 25 de febrero las 6 de la tarde, estaremos Yajaira y yo mero, comentando el recién libro de Cuentos de Miguel Jardines, un viejo líder de la izquierda maoísta que ha encontrado reposo a sus angustias existenciales en la pintura, la poesía, el cuento y que también se reveló como un excelente promotor cultural en el breve tiempo que dirigió el Instituto Sinaloense de la Cultura Mazatlán.
Estaremos en el Centro Cultural Carlos Ambriz, con Gaspar Velarde, nuestro entrañable “Güilo Mentiras”. Abajo le ponemos el cartel con invitación. Llega fácil con el geolocalizador de su cel.
Un pescador de chihuiles.
Este es el Chihuili. La espina que se le nota en la aleta dorsal, es una arma peligrosa, la picada es dolorosa y se acompaña de fiebre.
Portada del libro de cuentos de Miguel Jardines.
La invitación. Es en la Villa Galaxia, llega fácil con el localizador de su celular. El anfitrión, Gaspar Velarde, “El Güilo Mentiras” del teatro, ofrecerá bocadillos y vino de consagrar.

